sábado, 19 de febrero de 2011

¿Estoy haciendo bien las cosas?

En el post anterior hablaba de cómo pensar que alguien me quiere me hace afrontar las dificultades con más fuerza. Esta semana descubrí además otro punto de fortaleza.

La semana pasada fue una semana complicada en el trabajo. La dueña del kínder tuvo la ocurrencia de pretender “rifar” el aseo de los baños entra las maestras y asignarnos labores de limpieza. Yo me negué a participar y ella se alteró, me gritó frente a mi grupo y a las demás maestras y me dijo “La traigo contra ti”. El ambiente de trabajo cada vez es más complicado. No sólo no me pagan a tiempo, sino que ahora trabajo ‘bajo amenaza’! No me ha pagado el aguinaldo. No tengo contrato ni seguro social ni ninguna prestación. Soy la responsable de los niños y me preocupa que algún accidente les ocurra porque me va a responsabilizar a mi y yo con que respondo! Nos retiró todo el material que los niños llevaron al inicio del año y no nos quiere dar ni un lápiz más ¿qué hizo con tantos útiles? no tengo ni idea!

En fin. Ante tantos problemas e incomodidades, he perdido un poco el ánimo por el trabajo. Dentro del salón todo está bien, es como trabajar en Toy story! Los niños son bellos y me enorgullezco de sus avances. Tienen 4 años y ya están aprendiendo a leer! Son muy ocurrentes y cariñosos y nos llevamos muy bien todos. Pero de la puerta del salón para afuera… cuando no son problemas con la dueña, son groserías por parte de la que se supone que es mi supervisora, o exigencias de parte de los papás que, honestamente, a veces pecan de exigentes.

Algunas personas me sugieren que renuncie, pero ¿es lo mejor?. Todos los días me cuestiono al respecto.

Y el viernes que estaba yo sentada viendo mi grupo y cuestionándome ¿Estoy haciendo bien las cosas? Mi alumnito estrella se levantó y espontáneamente fue a su mochila, sacó algo y me lo vino a poner sobre el escritorio. Dijo “Te quiero muchisisísimo Miss”.
He ahí la respuesta a mi pregunta.

miércoles, 9 de febrero de 2011

¿Qué será para ti mi nombre?

¿Qué será para ti mi nombre?
va a morir como el rumor triste
de una ola que golpeó contra la orilla lejana,
como un son nocturno dentro del bosque perdido.

En una hoja del recuerdo
dejará su huella muerta,
semejante al dibujo de una inscripción sepulcral
en un idioma ignorado.

¿Qué será mi nombre?
Olvidado por mucho tiempo
entre las emociones nuevas y rebeldes,
no dará a tu alma sus memorias, puras, tiernas.

Pero en un día de tristeza, en el silencio,
pronúncialo, ansiosa y di:
hay quien me recuerda dulcemente,
hay en el universo un alma donde vivo.


Alexandr Serguéievich Pushkin (ruso 1799-1837)

Estaba en la preparatoria cuando leí por primera vez el poema ¿Qué será para ti mi nombre? de Pushkin y me fascinó. Yo, que soy tan dada a obtener motivación personal a través de los otros, me encantó la idea de “hay en el universo un alma en donde vivo”.

Siempre que estoy en una mala situación, siempre que me siento triste o desmotivada, siempre que ocurre algo que me hace bajar el ánimo o me siento humillada o menospreciada por alguien, pienso “No importa, hay en el universo un alma donde vivo. Un “alguien” que sí me conoce en verdad y sabe lo que siento, lo que pienso y quién soy en verdad. Un “alguien” que metería las manos al fuego por mi. Un “alguien” a quien no necesito darle explicaciones, porque entiende o porque no las necesita, porque no va a juzgarme.

Siempre he deseado ese alguien que diga “Estás equivocada, estás loca, estás haciendo berrinche, pero te quiero y cuentas conmigo”. Pensar que existe ese alguien es lo que me da fuerzas.

Yo se perfectamente que sustentar mi estabilidad emocional o mi ánimo en el apoyo que otros puedan darme, puede resultar un error. Sin embargo es algo que no consigo dejar de necesitar.

Y como a mi me ha funcionado, también procuro serlo para quienes quiero. Es por ello que me duele mucho cuando terceras personas hacen sentir mal a alguien que yo quiero, cuando quieren verle la cara o peor aún, cuando quieren causar inestabilidad chantajeando con “dejar de querer”.

Una vez leí que “Amistad que termina nunca fue amistad” y también lo creo. Los sentimientos verdaderos no terminan. Uno no debería vivir con el temor de que alguien te deje de querer por ser quien eres.

Y en estos días han pasado cosas que me han hecho pensar mucho en todo ello y también en el temor a los momentos difíciles. Uno tampoco debería tenerle miedo a las crisis. Esta bien, la va uno a pasar mal pero ¿y si de eso se trata?

Yo a veces tengo pensamientos muy mágicos y supersticiosos. Me imagino que antes de nacer un dios nos permitió ver nuestra vida en perspectiva y luego nos pidió que NOSOTROS eligiéramos aquella que sería la peor prueba que podríamos tolerar y sería a través de esa prueba que nosotros demostraríamos de qué somos capaces o si nos merecemos las bendiciones.

En mi caso por ejemplo, seguro elegí perder la pierna (y quien sabe que más me falte por pasar). Otros habrán elegido ser abandonados por sus padres. O a lo mejor eligen vivir en una familia con muchos conflictos. O no se…

Entonces uno no debería temerle a las crisis, sino prepararse para ellas e incluso estar algo entusiasmado de tener la oportunidad de demostrar quien se es, no?

O qué? Esperábamos una vida tranquila y sin problemas? Qué clase de mediocres de vida seríamos? Uno viene aquí no a sufrir sino a ser feliz, estoy de acuerdo, pero ¿no es justo que se nos pruebe para que demostremos que somos merecedores de tal felicidad? Yo así lo veo y estoy conforme.

En conclusión, creo que no debo temerle a las crisis aunque no me gusten, porque se que son inevitables, porque creo que debo afrontarlas y superarlas y porque espero que cuando lleguen yo tenga un soporte emocional que me permita enfrentarme a todo pensando “No importa, porque tengo quien me quiera. Hay en el mundo un alma en donde vivo”. Y claro, si has logrado tener en el mundo un alma en donde vives, de algún modo has triunfado en una de las más importantes batallas, no?