De porqué creo que soy buena Psicóloga Hospitalaria

Uno sabe cuando es bueno haciendo algo, no? Yo (a reserva de que algún paciente venga a desmentirme) soy muy buena como psicóloga hospitalaria. Al menos, soy justamente la psicóloga que a mi me gustaría tener, si estuviera en el lugar de mi paciente.

Últimamente he tenido muchas discusiones porque aparentemente soy cero empática en mis relaciones personales. Reconozco que puede ser cierto. Sin embargo, en mi profesión es distinto.

Al principio, me costaba mucho trabajo decirle al paciente “yo ya pasé por lo que tu estás viviendo”. Al primero que se le ocurrió fue a Batman. Me llamó una madrugada de octubre de 2006, para pedirme que hablara por teléfono en ese momento con una paciente que estaba llegando de urgencia y necesitaba quedarse hospitalizada para más sesiones de quimioterapia, pero ella se rehusaba. Era viernes para amanecer sábado y en el hospital la psicóloga del servicio trabaja sólo de lunes a viernes de 8 a 2, así que no había nadie que pudiera hablar con la paciente en ese momento y era urgente que aceptara quedarse al tratamiento porque si se iba ya no la aceptarían de regreso.

Batman llevó a la paciente al cuarto de residentes y ahí intentó primero que habláramos vía Messenger pero ella apenas podía escribir. Entonces me la comunicó por teléfono. Empezamos a hablar y la chica (tenía 23 años) me dijo “Dice el doctor que a usted le hicieron lo mismo”. Era evidente lo que provocaba el rechazo al tratamiento. No le importaba el dolor o los gastos, lo que no quería era que se le cayera el cabello y que la gente se le quedara viendo en la calle. A eso yo si podía decir “Yo ya se lo que es eso”. Entendí que lo que Batman quería (porque los médicos siempre quieren algo específico de uno como psicóloga y si uno los deja hasta pretenden decirnos como dar la terapia) era que yo le contara a la paciente de mi experiencia y de cómo la había pasado. Eso hice y al cabo de un rato la paciente colgó más calmada, dispuesta a escuchar la propuesta de tratamiento.

Como esa, otras veces me han pedido que hable con pacientes fuera de mi trabajo. Yo al principio me resistía porque me parecía humillante haber estudiado 4 años de facultad para terminar ‘dando testimonio’. Ahora lo veo distinto.

En el hospital infantil, tampoco me gustaba hablarles a los niños de mi caso. Me parecía arrogante hacerlo porque lo sentía como ‘ponerme de ejemplo’ o subestimar su dolor en una especie de ‘ay mira, yo ya pasé por eso y no fue la gran cosa, así que no veo porque tu no puedes’. Cuando renuncié a Hematología y el médico encargado de Ortopedia me pidió que me quedara a cargo de sus pacientes, no me pareció tan buena idea. Hasta que vi que ahí era incluso más útil.

Los niños solitos me preguntaban ‘Y a ti que te paso?’, ‘Y por qué usas bastón?’ y entonces yo les comentaba a grandes rasgos que lo que me había pasado era lo mismo que les estaba pasando a ellos. A veces me pedían ver la prótesis y yo terminaba montada en su cama o arriba de una silla, para que alcanzaran a ver. Era yo la vergüenza de mi servicio. Cero glamour. Pero a los niños les causaba mucho asombro ver que la prótesis no era tan fea o que casi ni se nota. O que con prótesis y todo yo pude ser doctora (porque muchos son chiquitos y no entienden de títulos).

También me di cuenta de que mi experiencia era útil porque nadie más sabe de cosas que los amputados si sabemos. Por ejemplo, los médicos les decían que la sensación del miembro fantasma desaparecería en unas semanas. Mentira! Yo tengo 19 años de amputada y aún puedo sentir mi pierna. Tampoco saben describir la sensación de usar la prótesis o incluso cosas más comunes como el olor de la anestesia o cómo se siente el medio de contraste cuando te hacen una tomografía. Cosas así de sencillas que yo si podía explicar. La clave para que las cosas no den miedo, es saber. Mis niños no entraban con miedo a los estudios o al quirófano, porque ya sabían a lo que iban. Sabían exactamente que iba a pasar y cómo. Eso se llama psicoprofilaxis. Y sabían incluso algunos tips, como pedirle al médico que se quite tantito el cubrebocas, para identificarlo dentro del quirófano ;).

Con los adultos en cambio, no tuve tanto contacto. Las características de mi investigación, implicaban que fuera lo más objetiva posible y por eso no hice intervención. Ahí me tocó más bien dar pláticas a los familiares. También ahí la clave es dar información y tips. La gente nunca ha estado en hospitales y desconocen el manejo, se sienten perdidos! Los médicos no dicen cosas básicas que para ellos son obvias. Por ejemplo, que hay dos pases de visita, que los familiares tienen derecho a pedir un informe médico cada día, que hay que saberse el nombre del médico a cargo! Los familiares a veces no saben ni siquiera que los médicos rotan! Hay que explicarles dónde están los baños, dónde pueden ir a comprar algo de comer, avisarles que existe un servicio de psicología! Sentarse con ellos a explicarles el diagnóstico y traducirles lo que el médico les dijo en el informe lleno de tecnicismos, etc.

Todo eso lo se porque ya he sido paciente. Me consta que a mis colegas que no lo han sido, les cuesta más trabajo ponerse al nivel del paciente, empatizar pues. Además, en un ambiente como el hospitalario, es muy fácil dejarse seducir por el poder que la sociedad le ha conferido a la bata blanca. En hospital, todo mundo usa bata blanca, todo el que usa bata blanca es médico, todo el que es médico es un semidios, ergo; hay que portarse como tal. Y es muy tentador dejarse elevar así.

Yo creo que soy buena psicóloga hospitalaria porque he visto resultados satisfactorios en mis pacientes. En la clínica, por ejemplo, al terminar las sesiones usualmente me queda esa sensación de satisfacción, de que hice un buen trabajo, de que ‘avanzamos’. Pero no siempre es así. También a veces termina la sesión y pienso que fue tiempo perdido, que no avanzamos nada y que el paciente incluso ni regresará porque no se le percibe ‘intensión de mejora’. En la hospitalaria jamás es así. En la hospitalaria nunca me he ido de una cama sintiendo que no logré nada. Incluso en los casos más difíciles, donde el paciente ya no está ni siquiera consciente, siempre he trabajado hasta lograr dar un poco de apoyo a él o a su familia. En la hospitalaria además, no hay tiempos. Uno puede estar junto a la cama de un paciente 3 horas y no lo siente. La clínica en cambio es cobro por hora, así que hay que ‘despachar al paciente’ rigurosamente a los 50mins. Se haya avanzado o no.

Por eso y por más cosas que ya comentaré en otra ocasión, es que me gusta más la Psicología hospitalaria. La más importante es que ahí es donde me siento más útil.

Y ahora, después de todo esto que está pasando, juro que cuando vuelva a tratar un paciente hospitalizado, tendré más experiencia ‘de su lado’ para poder empatizar cuando me diga “el médico subestima mi dolor y mi familia dice que piense en otra cosa”.

He estado reflexionando sobre como conciben los médicos calidad de vida. Es curioso, porque justamente mi tesis es sobre Calidad de vida en el paciente con leucemia, pero no me había puesto a observar en lo que ellos entienden como calidad de vida en el paciente que NO tiene cáncer. Aparentemente, para ellos, sino tienes cáncer entonces estás bien. Yo por ejemplo, todo indica que los tumores que tengo son benignos, así que ya no tengo motivo para quejarme. No importa que me duela, no importa que me canse, no importa que no pueda comer ni dormir bien. No importa. No es cáncer y ESO es lo que importa, así que ya debería irme a mi casa y dejar de estar dando lata y consumiendo su tiempo y sus recursos. Debería estar en mi casa arreglándomelas como pueda con mis molestias y dejar de preguntarme ‘Ok, no es cáncer, pero que sí es?’.

Todo eso son cosas que voy a tener más presentes cuando me toque volver a tratar a un paciente.

Epílogo: Una vez atendí a un niñito con el mismo tipo de tumor que yo tuve, al que le expliqué todo el procedimiento y le enseñé la pierna y etc. Su mamá estaba muy afligida y se preguntaba (como todas las mamás) ¿por qué a mi niño?. Cuando les conté de mi caso, la señora me preguntó si mi mamá se había preguntado lo mismo. Yo le dije que si, pero que no era la forma correcta de preguntar, no era ¿por qué? sino ¿para qué?. Entonces el niñito dijo “Ah, pues yo sé para qué. Fue para que después pudieras venir a explicarme a mí”.

Y si. Esa señores, es la historia que yo compré, como mi cometido de vida.