jueves, 13 de marzo de 2008

Padeciendo

Estoy convencida de que todo en la vida tiene una razón de ser.

Comencé el día bastante mal. De hecho todo empezó desde ayer por la noche. Ayer no fui a trabajar porque estoy agripada y no tenía caso ser un foco de contagio para mis pacientes. Primero me dije a mi misma que no era correcto faltar al trabajo por una simple gripa y dije en voz alta “Aguanta! No seas dramática, ni que fuera para tanto! Nadie se muere por una gripa!” pero entonces pensé que en realidad una simple gripa si puede matar a algunos de mis pacientes dada la gravedad de sus casos. Así, por el bien de todos me quedé ayer en casa a descansar un poco y a trabajar en un proyecto que traigo entre manos y que ya pronto les presentaré.

Por la noche platiqué con una de mis compañeras para ponerme al corriente en lo que había pasado en mi ausencia y entonces me dio la noticia: Uno de mis pacientes ha entrado a la etapa final.

Organicé mis actividades para el día de hoy y quedé de acuerdo con la otra terapeuta del pequeño en ir a verlo a medio día. Ella fue quien estuvo a cargo de su caso desde que ingresó al hospital en Octubre del año pasado y yo he sido su co-terapeuta desde Enero. Aún no eran ni las 10 de la mañana cuando la Hematóloga responsable del caso me llamó para avisarme que la situación era crítica y que necesitaba que fuéramos ya!

Desde que llegamos al cuarto la situación era claramente grave. La cama del pequeño estaba resguardada por un biombo (cuyo nombre correcto dicen que no es ése) y eso ya de entrada es mal signo. Mi pequeño paciente ya no estaba sentadito, enojado y peleando como siempre, por el contrario ahora estaba ayudado por un montón de aparatos que no tiene sentido describir aquí. Alrededor de él sus papis y un equipo de médicos y enfermeras.

Yo nunca había trabajado con pacientes moribundos. La teoría claro, se supone que la sé. Desde mi primer día en el hospital, la terapeuta que me dejó su puesto, me presentó los casos que llevaría y me advirtió que probablemente la mitad de ellos morirían antes de finalizar el mes. Desde ese día hemos pasado por un sube y baja en lo que se refiere a la condición de esos pacientes. Los que tenían buen pronóstico ya se fueron de alta, los que tenían mal pronóstico han sobrevivido hasta ahora, aunque continúan en esa condición. Y el punto medio, por llamarlo de alguna forma, era justamente este pequeñito de 3 años, el cual ahora dicen que difícilmente sobrevivirá este fin de semana.

Así son las cosas ahí. A veces los médicos nos llaman para que trabajemos con un paciente del que esperan el deceso en cualquier momento y luego sucede que el paciente se recupera, o al menos se estabiliza. Tenemos al menos 2 casos que están en condición de “en cualquier momento” desde que los conozco, hace ya 2 meses.

Cuando la anterior terapeuta me presentó a este pequeño, no le caí bien. El está hospitalizado desde octubre y lógicamente su paciencia ya llegó al límite. Además, el pequeño tiene un auxiliar respiratorio que le impide hablar y se comunica con nosotros únicamente mediante señas. Al principio el tampoco me cayó muy bien por ese estado de enojo y berrinche en el que estaba siempre, pero es entendible que su estado de ánimo esté así luego de tanto tiempo, tanto médico, tanto procedimiento y tanto dolor, no?

Intenté ganarme su confianza jugando con él y platicándole, pero no, él estaba enojado y me seguía la corriente pero sin que realmente lográramos empatizar. Luego, la semana tuve una intervención con él para tratar de convencerlo de que comiera aunque fuera un poco del horrible licuado nutritivo que les dan en el hospital y a cambio le prometí llevarle un dinosaurio, por que le gustan mucho. Le dio un traguito al licuado y al día siguiente yo conseguí un dinosaurio de plástico que además hace el ruido de un gruñido.

Entré al cuarto con el dinosaurio dentro de una bolsa, pero la cola se le escapaba. El pequeño no perdió detalle y siguió la bolsa con la mirada. Saqué el dinosaurio y se lo di y en ese momento por fin hicimos click! Por fin pudimos jugar e incluso cuando me despedí ese día hasta "las chocó" conmigo.

Hoy, cuando estuve de pie junto a su cama, en algún momento en que tenía mucho dolor, estiró su mano y me hizo una seña de que me acercara, luego me sujetó fuerte y nos quedamos así mucho rato. Entonces dí gracias porque aquel dinosaurio llegó a tiempo para lograr ganarme la simpatía y la confianza de mi paciente y eso me permitió poder acompañarlo hoy de mejor manera. No se que hubiera hecho si su hermetismo hacia mi se hubiera prolongado hasta hoy. Probablemente de ser así, el trabajo que hice hoy no hubiera sido posible.

¿Y cuál fue mi trabajo? Lo acompañé. Sostuve sus manos, le ayudé a refrescarse porque ardía en fiebre, lo dejé apretarme la mano mientras intentaban una y otra vez colocarle una venoclisis, le sobé las piernas, y también lo sujeté cuando se puso muy inquieto, cosa que después me mereció un manazo de su parte. Pero sobre todo, le di las gracias por haberme permitido estar con él en esos momentos y por haberme dado el privilegio de ser su psicóloga en el tiempo que nos conocimos.

También trabajamos con sus papis y ellos pudieron hablar con él, despedirse y darle las gracias por todo lo que aprendieron y disfrutaron al tenerlo en sus vidas.

Estuvimos ahí con él un par de horas, pero al salir de la habitación parecía como si hubieran sido muchas más. (Juro que en todo ese tiempo no tuve ni un solo síntoma de la gripa que tanta lata me dio antes y después.) La otra terapeuta y yo, volvimos a la oficina hablando otros temas, bromeando y coordinando el resto de nuestras actividades, pero con un agotamiento emocional que hasta los demás podían notar en nuestros rostros.

Una vez tuve una discusión con Bicho porque dije que cierto caso me había conmovido mucho y él dijo que si yo permitía que mis casos me conmovieran entonces no era una buena Psicóloga, porque, en su opinión, "no deberían afectarme". Yo pienso exactamente lo contrario, el día que no me conmueva un paciente, será síntoma de que no lo hice bien. Los pacientes son personas, no maquinas! Para poder ayudarlas debemos ser capaces de involucrarnos y empatizar, de ponernos en sus zapatos y saber cómo se sienten para poder saber también que necesitan. El hecho de que yo conozca las herramientas teóricas o las estrategias para ayudarlos a resolver o sobrellevar sus problemas, no quiere decir que no deba conmoverme.

Claro que no debo cargar con los problemas de los otros, y de hecho no lo hago, pero hay ocasiones en que lo mejor que puedes hacer por un paciente es simplemente acompañarlo.

Agradezco a ese pequeñín que con sus 3 añitos, con poco tiempo de conocernos y sin decir una sola palabra, me ha enseñado muchas cosas y ya ha dejado su huella en mi corazón.